Creo tener autoridad en el tema de los nacionalismos, ya que nací en el seno de una familia navarra auto definida vasca. Por cosas de la vida desde mis 16 años emigramos a Venezuela a fines de los 50 y para mí fue la posibilidad de abrir los ojos. Recuerdo como se reían mis compañeros de estudios cuando afirmaba que no era español, sino vasco. En este país que había sido parte de España durante más de tres siglos no podían entender la diferencia entre un andaluz, un catalán o un castellano. Aquí todos nos veían como españoles con acentos singulares pero todos ciudadanos de la misma nación, por cierto la más antigua de Europa.
Por suerte en mi proceso de socialización y crecimiento en “sabiduría y gracia” tuve que abrir mi mente y darme cuenta que el nacionalismo vasco (como todos los nacionalismos) no era más que un enfoque errado de la historia. Precisamente en los años más activos y destructivos de ETA entendí que no podía identificarme con una “ideología” que justificaba el asesinato de inocentes. Nada justifica el asesinato. Hoy en día ir en contra de un mundo que va aceleradamente a la globalización es sencillamente ir contra la historia. La pretensión de ser diferentes y por supuesto mejores que “los otros” por simples razones raciales, lingüísticas, religiosas o culturales, por muy respetables que estas sean, va en contra de la tendencia inexorable hacia una humanidad en unión planetaria y fraterna, que no digo que esté a la vuelta de la esquina, pero que es sencillo entender que no habrá otra salida.
Cuando observo perplejo el infantil comportamiento de la sociedad catalana, su visión aldeana del mundo, su permanente mirar al pasado, para intentar romper la unidad de la nación de la que siempre fueron parte, no llego a comprender que se ha hecho tan mal durante el proceso democrático español para llegar a la actual situación. Cataluña fue siempre a lo largo de la historia, Iberia, Hispania, Aragón y por supuesto ESPAÑA. ¿Cómo se arregla esto?
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